Mariposas

Entré al baño, el mismo ritual que se repetía todos los días, en todas las noches.
En las mañanas no tenía tiempo para pensar. Por las noches ponía canciones, ponía el altavoz para sonar.

El vaho empezó a subir, el agua caliente caía sobre mi cuerpo.
Por los grandes ventanales, aunque húmedos, la vi: una mariposa.
No era bella ni hermosa. Era color café, con las patitas negras.

Extendí la mano y casi la toqué. El vidrio estaba helado y mis manos recibieron con ternura esa sensación. Fue rápido y conciso. La mariposa, a su manera, recibió todo lo que me pesaba y se preparó para alzar vuelo.

Ella, después de saludarme, se fue con sus alas abiertas hacia un horizonte desconocido.
Aún tenía la mano en la ventana y la saqué despacio, dejando allí mi huella.

Disminuí la temperatura del agua, la puse tibia; ya no había por qué lastimarme.
Miré la regadera, alcé los brazos y dejé que el agua escurriera por mi cuerpo.

Así me despedí del dolor.
Me volteé hacia la baldosa y dejé que el agua me mojara la espalda, donde toda la culpa de un deseo era cargada. Me dio risa.

Reí a carcajadas: ya no estaba rota, sino feliz.
Respiré profundamente; el aire salió en pausas, con gracia.

Cerré el grifo.
Me sequé despacio con la toalla, acogiéndome como una mamá cuando acoge a su hijo.
Despacio, dejé allí todo lo que ya no valía la pena cargar.
Ligera, feliz, volví a ser lo que siempre fui: mía.


Comentários