504
El carro siempre estaba en orden. Yo apenas llegaba para dejarlo hecho un caos. En otras ocasiones había un pañuelo de colores en el banco de atrás. Ese día noté que ya no estaba. — Nunca había hecho eso —me dijo. — Yo tampoco, ni con mi marido —sentí la necesidad de decírselo. Sé que no me creyó, pero era la verdad. — Tienes una boquita hermosa —me dijo mientras limpiaba el líquido blanco que me escurría por la boca. Me acariciaba como si yo fuera el amor de su vida.Su mano era blanca, como una rana sabanera, y contrastaba con mi piel trigueña. Estábamos en un parqueadero, y sus vidrios polarizados ayudaban a que nadie nos pillara. Sentí su fragancia, un olor a ocre que hasta hoy permanece en mi nariz. Yo no me enamoré ese día, fue después, cuando sus besos se volvieron míos, aunque solo por algunos instantes.
Comentários
Postar um comentário