Grandes Ventanales
Hacía algunas semanas que Elisa ya no soñaba con aquella casa de ventana grande, con un espacio amplio y abierto para la biblioteca, una cama, dos sofás, dos escritorios y una cocina abierta.
Ya había olvidado que, en otros tiempos, fue amada y también librera.
Olvidó que una vez soñó con hacer el amor, cocinar, hacer el amor, leer, reír, hacer el amor y bailar.
Ya no recordaba que, hasta hacía muy poco, había quienes querían semanas con ella, no solo una tarde.
Ahora buscaba ventanales.
El día anterior había ido a la universidad, al quinto piso donde estaba el restaurante-café.
Miró a los lados, vio el vidrio de protección y pensó cuán delicioso sería lanzarse desde allí.
Cuán placentero podría ser volar unos eternos segundos para llegar, por fin, al final.
Le gustaba imaginar que podría saltar desde un ventanal enorme y encontrar, al caer, una oscuridad que no la obligaría a salir de casa, ni a hablar, ni a seguir sufriendo.
Elisa —la que alguna vez fue una dulce niña— solo quería morirse.
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