El baile

Desperté despacio. La luz entraba por la ventana y me molestaba, como si mis ojos todavía no estuvieran preparados para volver a la vida. Sentí mi cabeza pesada y un dolor concentrado en la frente donde me había pegado contra la pared aquella misma noche. En los oídos había un zumbido constante, parecido al ruido leve de un televisor antiguo sin señal. Yo me había pegado muy fuerte en los oídos, quería explotarme los tímpanos, en un intento de apagarme, de no vivir más. Recordando la canción de Residente Escribo bien sobrio, pero escribo mejor borracho”, en mi caso escribo mejor cuando me quiero desvivir.

Tal vez por eso, no he querido dejar la depresión irse de mi vida.

Estaba sola en la habitación. Me dolía todo el cuerpo y no podía moverme.
La noche anterior había sido rápida, confusa. No hubo planificación, solamente una necesidad urgente de desaparecer. Lloré y grité un llanto que pesaba. Me sentí estúpida, me sentí sola y empecé a llorar con un dolor tan arrebatador que cerré los ojos y me pegué en la cara, quería dañarla. Cuando era chiquita mi mamá me decía que yo era parecida a la familia de mi papá, y que me faltaba sus ojos verdes para ser guapa. Yo que había nacido con una mancha oscura en la frente escuchaba mi mamá decirme que era deforme. En aquel instante quería darle la razón. 

Después de pegarme y maldecirme caminé hacia la cocina. Estaba oscura, apenas iluminada por la luz que venía del pasillo. Busqué algo que me diera una sensación de control, de alivio, aunque fuese mínimo. No supe medir el riesgo ni el sentido de nada. Solo actué. Busqué un cuchillo de pan y me rayé, como si fuera un pedazo de pan duro y lleno de moho. No fue suficiente, nada lo era. 

“y que te cante quien te quiera de verdad”, hacía rato que nadie me cantaba, todo solo era silencio. Me habían dejado de amar así que me puse rota. Miré a mi alrededor recordando todas las caras de los que se habían ido, eran fantasmas que me apretaban la garganta. 

Cogí un cuchillo de verdad y sentí alivio cuando me empezó a escurrir la sangre roja y caliente por la piyama, solo corté un pulso, el izquierdo. Qué sensación tan deliciosa, por un segundo los demonios se quedaron en silencio y me agaché despacio deslumbrada con lo que acababa de hacer. Duró muy poco, y empecé a pegar el brazo derecho contra la puerta del armario de la cocina. En la camilla del hospital aún podía revivir el reciente dolor en el brazo.
Tenía rabia de la vida, tenía rabia de ser loca y de estar rota. 

Morirme era lo único que me quedaba.

Fue así que caminé con el brazo lleno de sangre hacía la biblioteca. Abrí el gran ventanal y me lancé, no era muy alto, quizás poco más de dos metros de altura. Salté sin pensar demasiado. Cerré los ojos.
sabré bailar” y bailé en el aire, entre las hojas del arbolito que tanto me encantaba. No sentí estrellarme contra el pasto. 

Desperté en un hospital. Todo era blanco, limpio, ordenado. Había personas hablando bajo, pasos, olor a desinfectante, escuchaba la voz de mi esposo en el pasillo peleando con los médicos.
Lloré, recordé cuando una amiga me dijo que todo en mi vida era drama, ahí estaba yo en un desconcierto imposible de nombrar. Lloré porque seguía viva, porque la caída no había sido el final.

A veces pienso en Silvio Rodríguez "ojalá me lleve la muerte", pero a mí no me llevó. Tan inservible soy yo que ni la muerte me quiere. Y fue extraño quedarme, abrir los ojos y seguir viva.

No hubo revelación inmediata, ni claridad. Solo el hecho de estar ahí. Respirando. Con el cuerpo molido y medicinas por tomar.  Desafortunadamente, como diría Sosa, “estoy aquí, resucitando”.

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