Fue así, con una playlist aleatoria, que sonó Sosa:
“Tantas veces me mataron, tantas veces me morí,
Sin embargo, estoy aquí, resucitando
(...)
Después de un año bajo la tierra,
Igual que el sobreviviente
Que vuelve de la guerra”.
Aunque hubiese sobrevivido, seguía en el hueco y medio a una guerra,.
La canción contrastó con la siguiente: la alegre melodía de Gitana, canción que Amanda había olvidado. La aprendió a los 16 años, mientras estudiaba español. Comenzó a susurrarla con un respiro nostálgico que acompañaba el ritmo:
“Nunca usé un antifaz”.
Era mentira: toda su vida había usado un antifaz que le tapaba la cara de pendeja que tenía.
“Voy de paso por este mundo fugaz,
No pretendo parar”.
Irse de paso, eso sí era verdad, porque solo en aquel año había intentado matarse tres veces.
Y parar… eso sí que era lo suyo: detenerse, quedar inmóvil y tomarse el dolor como algo propio, algo inquebrantable.
“Dime quién camina cuando se puede volar”.
A ella le gustaba la idea de volar.
Había intentado hacerlo desde una ventana hacia el piso, deseó caer en el pasto para conservar intacta su hermosa cara para los eventos fúnebres.
Los ojos color té de durazno de Amanda aún tenían una chispa de curiosidad, pero en los últimos días estaban grises, melancólicos, con la mirada medio podrida.
Ya no suspiraba con la música: sus labios solo se movían, cantarolando:
“Lo que tengo, lo doy”.
Era verdad: se había dado tantas tristezas a sí misma como una guerrillera que nunca abandona la barricada de la rabia.
“Tómame como soy”.
Y fue entonces cuando Amanda se dio cuenta de que nadie la tomaba como era.
Apenas una parte de ella era aceptada: la otra era rechazada, puesta en un aislamiento que no era solo físico, sino también emocional, una tortura que la venía matando de a poquito.
“Y va liviano, mi corazón gitano”.
¿Alguien en ese mundo tenía el corazón liviano?, se preguntó con amargura.
“Yo ya tuve un corazón gitano, sin raíces. Ya fui feliz cuando viví en Cuba”, pensó.
“Que solo entiende de latir a contramano”.
Ir a contramano lo entendía bien: recordó cuando se metió en contravía para intentar matarse. Quizá habría sido lo mejor.
“Yo soy quien elige cómo equivocarme”.
No se había equivocado una vez, sino toda la vida, incluso cuando no murió en contravía. Ni siquiera en eso había logrado acertar, como siempre: una y otra vez elegía el sucedáneo en lugar de la dura realidad.
Era una impostora, una farsante enorme que se ponía una sonrisa para parecer amable cuando por dentro estaba podrida.
Apagó la radio.
No era hora de volver a escuchar las caderas de Shakira moviéndose de un lado a otro.
No era hora de contravías, sino de eficacia: lanzarse al vacío, buscar una casa con grandes ventanales desde donde saltar del segundo piso hacia el pasto verde y estrellarse contra un jardín de suculentas.
Era hora de llegar al fin.
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