El descanso
Cuando desperté, reconocí el techo blanco. Hacía tres días que dormía en esa habitación, como si fuera mi nueva casa. Era un lugar sencillo: una cama matrimonial, un sofá mostaza, una mesita de centro que formaba una pequeña sala de visitas y, en un rincón, un escritorio con su silla azul, algunos papeles y un lápiz. La habitación tenía baño propio; era pequeño, pero muy cómodo. No me gustaba usarlo: yo seguía sin querer bañarme.
Gracias a la medicina prepagada, el nombre manicomio se había cambiado por “centro de salud mental”, y se había convertido en un hotel cinco estrellas para locos. No había nadie verdaderamente loco, la mayoría tenía depresión y había intentado suicidarse. Me sentía en familia.
Los médicos venían tres veces al día con una serie de preguntas, las enfermeras pasaban a supervisar cada hora. Yo no quería salir a las actividades, aunque fueran muchas: caminatas por los cerros, yoga, hidroterapia, equinoterapia, clases de cocina y tantas otras que no me interesaban. Solo quería seguir durmiendo.
Cuando soñaba, recordaba el pasto frío en contacto con mi cara, como si fuera hielo que yo, tercamente, acercaba a mi cerebro. Recordaba la sangre caliente saliendo por mi nariz y la desesperación en la voz de quien me encontró en el piso, cubierta de césped y sangre.
Me gustaba imaginar que yo también me lanzaría por las ventanas de la habitación, aunque no fueran grandes y aunque tuvieran mallas de protección. Abajo me encontraría con un hermoso jardín de hortensias azules. Me imaginaba mi cuerpo allí tendido, un poco gris, pálido, inerte como una estatua. Alrededor, todo estaría en escala de blanco y negro, y me divertiría con la desesperación de las siempre solícitas enfermeras.
Otras veces me apretaba la cicatriz de la muñeca con tanta fuerza que parecía que pudiera meter el dedo dentro de la piel. Hacía eso para buscar el dolor, para volver a sentir algo que no fuera artificial.
Me habían dado dopamina, el remedio de la felicidad, y yo, rebelde como soy, me rehusé a ser feliz y me lancé por una ventana. No me gustaba pensar que hasta mi risa era producto de la industria farmacéutica y que, cuando ya nada era verdadero, yo buscaba el sucedáneo.
Aunque estaba loca, seguía siendo muy buena dando las respuestas que los médicos querían escuchar.
—¿No te gusta salir? Caminar por los senderos, no sé, hablar con más gente…
—Gustar… me gusta, incluso quisiera hacerlo. Solo que no me he adaptado al frío.
Era una gran mentira. El frío no me molestaba; incluso me encantaba. Pensaba en salir desnuda a gritar que la vida es un carnaval y ver la cara de pánico de esa gente tan formal y solapada de la capital.
—No te has metido en ninguna clase…
—Es que me gusta más leer; siempre fui buena lectora.
Otra gran mentira. La verdad era que sí me gustaba leer, pero desde que había llegado mantenía el libro abierto en la misma página.
Lo mío era hacer trampa: responder lo que querían escuchar y seguir en mi pequeña labor de imaginar mi funeral.
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