Oye, hermano
—Oye, hermano —dijo la moza cubana después de casi ser atropellada al bajar del carro.
Tenía las manos en alto, con ganas de soltarle un manotazo al conductor.
Todo le había salido mal. Intentó ser buena madre y falló. Intentó ser buena esposa y su marido se largó con otra: más joven y más tonta.
Vivía de las fallas de lo que habría podido construir, de todo aquello que nunca llegaría a ser.
El problema era que ella se movía demasiado. Se meneaba las caderas y lo hacia venir rapido. Se ponía de espaldas en vez de mirarlo de frente, a los ojos, esos ojos que tanto le gustaban.
A ella no le gustaba mandarle fotos. Se había vuelto frígida, como aceite congelado.
Iba por ahí dejando huecos por donde siempre terminaba entrando otra. Daba igual quién fuera. Esposa. amante, novia, moza al final, siempre elegían a otra.
En realidad, ya estaba muerta. Solo le faltaba lanzarse al abismo que la rodeaba.
Allí, en la campana de vidrio que había construido dentro del fantástico mundo del poliamor, había aprendido a vivir sola. Nadie escuchaba sus gritos.
Y él, aquel que alguna vez juró amarla, ya ni siquiera recordaba su nombre.
Comentários
Postar um comentário