Carta

 Lunes, 20 de septiembre. Me entran ganas de escribir.

Tú entraste otra vez por algún agujero que dejé abierto.

Paro en aquel café al que fuimos con la excusa de leer La Perra. Siempre me hizo gracia nuestra necesidad de inventar razones. Como si dos personas no pudieran simplemente querer verse. Como si el deseo necesitará documentos, testigos, una coartada. Fuimos por La Perra. Mentira. Fuiste a verme.

Y yo fui para que me vieras.

Ese día estaba tan bonita. Lo sé porque todavía puedo verme desde afuera, como si aquella mujer no fuera yo. Llevaba una blusa que dejaba aparecer el comienzo de los senos y tenía la piel morena, esa piel que a ti te volvía loco. O eso decías.

Ahora me siento en la misma mesa.

Me duele algo.

No sé exactamente qué.

Me duele el cuerpo, quizá.

Me duele existir.

Quiero hacerme un piercing. 

Perforarme alguna parte del cuerpo para que por unas horas el dolor tenga un lugar exacto. 

Aquí, diría. Aquí duele. 

Pero entonces me entran unas ganas insoportables de llamarte. 

Contarte todo. Las cosas importantes y las cosas estúpidas. 

Decirte que quiero atravesarme la piel con una aguja. 

Decirte qué comí. Decirte que hoy tuve miedo. 

Decirte que fui seleccionada para publicar un capítulo de libro y quedarme en silencio esperando que de tus labios salga mi nombre.

Mi nombre.

Dicho por ti.

Lua.

Quisiera gritarte la noticia y mirar cómo tu sonrisa empieza a nacer despacio en esa boca que besé tan pocas veces. Tan pocas. Qué injusticia contar en los dedos todos besos que te di.

Compré un esfero nuevo, de colores. Escribo. Las letras van saliendo una detrás de otra, pequeñas puntas atravesándome sostenidas por el breve silencio de mi respiración. 

Me levanto.

Subo al carro.

Silvana Estrada ganó un premio.

La escuchaba cuando te perdí.

Sí.

Te perdí.

Durante mucho tiempo dije otras cosas. Que nos alejamos. Que las circunstancias. Que la vida. Que no era el momento. Qué manera tan elegante tenemos de mentir cuando algo nos destroza.

Te perdí.

Y me quedé pequeña delante de lo que yo creía que eras.

Demasiado bonito.

Demasiado bueno.

Y yo demasiado pecadora, demasiado furiosa, demasiado cruel.

Hoy se me acabaron las medicinas.

Llego a casa. Entro a tu blog. También volviste a escribir.

¿Es en mí en quien piensas cuando te masturbas?

¿Recuerdas mis movimientos cuando te tocas?

Dime que sí. Aunque sea mentira.

Dímelo.

Porque después de ti hubo quienes me dijeron que me movía demasiado, que me meneaba muy rápido, que no sabía hacerlo rico.

Y esas frases fueron entrando en mí como animales pequeños que comen durante la noche.

Sácame de ahí.

Aunque hayas sido tú quien me dejó caer tantas veces, sácame de ese hueco donde aprendí a sentirme menos deseada.

Menos mujer. Menos carne. Menos comible.

Siempre odiaste esa palabra.

Comible. Decías que era fea. Pero no odiabas comerme.

No mientas.

Nunca me hiciste el amor.

Me tocaste. Me besaste. Me abriste. Me recorriste.

Pero no me hiciste el amor porque para hacer el amor quizá primero había que amarme.

Y tú no me amaste.

Me tomó demasiado tiempo entender una frase tan pequeña.

No me amaste. Aunque te duela ya no te amo.

Casi me vuelvo loca preguntándome por qué.

Me arranqué el pecho buscando una explicación.

¿Qué faltaba?

¿Qué sobraba?

¿Mi manera de amar?

¿Mi manera terrible de necesitar?

Hasta que un día entendí que quizá no había misterio.

No me amaste.

Eso era todo.

Y fui demasiado débil frente a esa verdad.

La locura me llamó y yo me fui con ella.

A veces ella vuelve. Me habla de ti.

Después se marcha.

Todo pasa.

Dicen.

Todo pasa.

Pero no pasa este maldito amor que siento por ti.

Eso no pasa.

A veces pienso que eres el amor de mi vida. Quizá estoy destinada a perseguirte por todo el camino.

Y después pienso en la muerte.

¿Qué pasará cuando muramos?

Tú, tan bueno como eres, seguramente irás al cielo.

Yo, que me como a los animales y he cometido todos mis pequeños pecados con entusiasmo, iré al infierno.

Tendré entonces que hacerme amiga de Gabriel.

El arcángel.

Haré el amor con él.

Todo con tal de que me deje subir cinco minutos. Ni siquiera cinco. Uno.

Un minuto para verte.

Eso pediría. Verte. Solo verte.

Una vez dijiste que había una gran intimidad en no verse nunca más.

Qué frase tan cruel.

Hablaste de la intimidad, pero no hablaste del dolor.

No dijiste nada de lo que significa saber que mis ojos cafés nunca volverán a encontrarse con tus ojos negros.

No hablaste de nunca más escuchar a Frank Delgado acostada sobre tu pecho, desnuda, con el cuerpo sudoroso, pensando que el mundo podía terminar ahí y que a mí me parecía bien.

¿No te duele?

Quiero saberlo.

¿No te duele no verme más?

¿No te duele olvidarme?

¿No te duele no recordar mi cara?

Creo que ya no sabes a qué huelo.

Quizá olvidaste el olor de mi entrepierna.

Ese lugar al que lamias con tanto gusto.

Tal vez tampoco recuerdes las vueltas que hace mi pelo cuando se escurre por mi nuca.

Tal vez yo ya sea apenas un borrón en tu memoria.

Todo esto lo escribo en cinco minutos.

No necesito más.

Necesito apenas imaginarte sentado en tu sillón, con aquel buzo gris, leyéndome sin respirar.

El celular entre las manos. 

La respiración entrecortada. 

Quizá escribes una frase. 

La borras. 

Vuelves a escribir. 

La vuelves a borrar. 

Y al final no dices nada. 

Siempre fue así. 

Siempre hubo algo impidiéndote ser mío. 

No sé qué era.

El miedo.

La prudencia.

Otra mujer.

Tú mismo.

Algo siempre se interpuso entre tu cuerpo y el movimiento de venir hacia mí. 

Algo no te dejó escribir más de dos cartas.

Dos.

Yo habría podido vivir años dentro de ellas.

¿Recuerdas nuestra casa?

La casa que inventamos.

Esa que nunca existió y que, sin embargo, a veces extraño más que las casas en las que realmente viví.

Allí ibas a leerme.

Yo iba a molestarte mientras leías.

Ibas a cocinarme.

Yo iba a sentarme en la encimera mirándote.

Íbamos a escuchar música.

Hacer el amor.

Después cocinar.

Después volver a hacer el amor.

Escuchar música.

Reír.

Y otra vez hacer el amor.

Era una casa llena de repeticiones.

No el vértigo.

Tu taza al lado de la mía.

Tu ropa tirada.

Tu cuerpo envejeciendo cerca.

Saber cómo te gusta el café cuando tengas sesenta años.

Eso era.

Yo quería tener contigo el privilegio del aburrimiento.

Pero no fuiste capaz de ponerle un solo ladrillo a aquella casa.

Y, sin embargo, yo todavía vivo allí.

Eso es lo que nunca te dije.

Tú te fuiste de una casa que jamás construimos.

Yo me quedé adentro.

A veces me desnudo en el cuarto que imaginamos y pienso en ti.

Por eso escribo.

Porque hay cosas que no puedo decirte.

Y porque si existiera otra vida, otra oportunidad, otro café, otra excusa absurda para ir a un club de lectura, yo quisiera entrar, sentarme frente a ti, dejar que me mires la piel morena y decirte, antes de que nos dé tiempo de destruirlo todo:

mírame bien.

Soy yo.

Esta vez no olvides mi nombre.


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