No me llamo Andrea

No me llamo Andrea. Ese nunca será mi nombre. En mi país ni siquiera existe. No seré la chica de estrato dos que te llama papi, ni la que te consuela cuando te comportas como un llorón. Seré yo. Fuerte, rebelde y alegre. Estableceré guerrillas contra la depresión que me acecha, me menearé las caderas como se me dé la gana, aunque eso haga que te vengas demasiado rápido. Pues aguanta, aguanta, carajo. A eso vinimos: a aguantar. A aguantar esta mierda de vida que tenemos, yo aguanto el hecho de que ella no tenga cola y yo tenga un severo culo que ya no me cabe en los pantalones. Pantalones que a ti te falta ponerte para dejar de una puta vez la lloriqueadera.

No me llamo Andrea. Porque me gradué a los dieciséis, porque tengo un doctorado, porque escribo artículos académicos. ¿Y ella? ¿Quién carajos es ella? ¿Qué títulos tiene? ¿Cuántas batallas peleó a tu lado? ¿Cuántas noches en vela ha pasado por ti? ¿Acaso deformó su cuerpo para cargar a tus hijos, frutos de tu deseo, engendrados en un cuerpo ajeno, un cuerpo que nunca volvió a ser el mismo? ¿Cuántas pastillas se toma Andrea? Andrea, la que te hace venir porque no tiene depresión. Dime, ¿también te llama papi cuando tu esperma se le escurre por la boca? Háblame de su independencia cuando eres tú quien paga la cuenta. Págame también la cuenta, hijo de puta. Entrégale los regalos del Día de los Novios, esos que le compraste con tanto amor. ¿Y a mí? A mí no te nacieron las ganas de comprarme nada. ¿Será porque no te hago venir? Ella, la que te hace venir siete, ocho veces en una noche. Y yo, la que no te toca desde hace meses. Esa es la diferencia, ¿no? Ella, una puta, y yo, una monja. Ella, una pobre desgraciada, y yo, una aristócrata de mierda. Yo, la chica que alguna vez fue tu sueño y que se murió con las pepas.

Yo no me llamo Andrea. Porque no tengo su nombre, ni su cuerpo, ni sus siete orgasmos. Tengo un doctorado, un culo enorme, una depresión que me muerde los talones y una rabia de mil demonios. Tengo los hijos que cargué, las noches que no dormí, las batallas que peleé y todas las veces que me levanté de entre los muertos para seguir viviendo. Y aun así, con toda esta vida metida entre las piernas, con toda esta inteligencia que no me ha servido para entender una mierda del amor, aquí estoy, preguntándome qué carajos tiene Andrea que no tenga yo.

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