Border in line

 Es difícil asumir un diagnóstico. Más aún cuando hace apenas un año que lo recibí.

Al principio se lo conté solamente a una persona. Luego otra. Ahora seis personas lo saben.

Hacerlo público me da vergüenza. Seguir escondiéndolo me molesta.

Necesito gritarle al mundo que no todo es así, que no soy una cajita sin espectros.

Hay un leve sabor a amargura en mi boca cuando pienso en todo lo que podría ser si fuera normal.

Normal.

Si mi vida hubiese transcurrido sin traumas en la niñez. Si durante mi adolescencia mi cordura no hubiese sido tan cuestionada, hasta el punto de que hoy no necesitara distorsionar la realidad.

Todo está tan nublado. Había leído información por ahí, en internet, y creído fielmente en lo que me dicen el psiquiatra y la psicóloga. Duele cada sesión. Me siento arrinconada, pero pienso que lo merezco. Al fin y al cabo, soy así: un cerebro cuyos receptores no funcionan bien.

Fue así como llegué a otra psicóloga, ahora colombiana.

En su perfil de Doctoralia decía que tenía más de treinta años de experiencia. Me agarré a eso.

Le escribí detalladamente mi historia clínica: episodios depresivos, diagnóstico confirmado de borderline, medicación con dosis y horarios, nombres de los médicos y cuánto tiempo llevaba acompañada por cada uno.

La consulta empezó media hora tarde. Entré un poco fastidiada por el retraso. Ella, la psicóloga, ni siquiera me pidió disculpas.

Rápidamente me sugirió que mi talón de Aquiles serían siempre las relaciones y me recomendó un libro: Amores altamente peligrosos, de Walter Riso. En especial, el capítulo 8, titulado «Estilo limítrofe/inestable: el amor caótico».

Terminó la cita. Lo descargué. Me puse a leer.

Y todo dolía.

Empiezan los retratos de los borderlines: inestables, completamente irracionales, flotando por el aire. Peor aún, aparece el relato de un pobre chico, novio de una borderline, que llega al consultorio con síntomas de estrés. El pobrecito, desesperado, no sabe qué hacer. Es una víctima.

Pero al final del capítulo aparece la salvación:

A los pocos días del viaje de Patrícia [su novia], Alberto llegó a consulta y parecía otro hombre. Había venido a despedirse: «Creo que todos mis problemas se acabaron… Sin ella volví a vivir y por ahora no quiero saber de nada con nadie». Los síntomas de estrés asociados a todo el proceso afectivo habían desaparecido por completo.

¿Así eran las relaciones conmigo? ¿Un proceso de enfermedad por estrés?

El texto sigue:

«Amor sobre ascuas, bordeando el límite entre la angustia y la locura. Amor de alto riesgo, impredecible y sorprendente, que te hace sentir incapaz e ignorante. (…) Si alguna vez intentas describir a tu pareja y no tienes palabras ni ideas claras sobre quién es y cómo es, quizás estés con un individuo limítrofe».

¿Indefinido? ¿Indefinida?

¿Sería, entonces, un adjetivo para mí?

Había leído mucho sobre eso. Sobre la identidad fragmentada y rellenada con la pareja.

Eso es lo que soy. Alguien que se rellena con la pareja. Alguien que no tiene salvación.

El autor agrega otra palabra: inestabilidad.

Qué curioso que también prefiera el uso de «limítrofe/inestable». Creería que solo «limítrofe» sería suficiente. Pero, al quitar la inestabilidad, sus argumentos se quedarían cortos.

Quisiera citar algo de Alexander Kriss (2025).

«La palabra borderline ya está demasiado cargada con los fardos del pasado. Aun así, me gusta porque desafía a las mentes poco abiertas al diálogo con lo diferente.»

En la sección «No sé quién soy ni lo que quiero», Walter hace una pregunta que me atraviesa como un cuchillo:

«¿Cómo estar con una persona que no se conoce a sí misma o carece de amor propio? Si el amor resulta ser un intercambio de alegres fantasías bien armonizadas, aquí la correspondencia será nula, porque habrá alguien que tendrá muy poco o nada con que contribuir al intercambio».

Termino la sección llorando.

¿No tendría nada que ofrecer? ¿Tan vacía estoy? ¿Tan poca cosa soy?

Caigo en la trampa de Walter: el pensamiento dicotómico. Igualito a él, que me mete en un bulto de papas con otros borderlines y ya.

No hay grises. No hay propensiones. No hay esfuerzo por intentar ser.

En la sección «¿Podemos relacionarnos saludablemente con una persona limítrofe?», su respuesta es quizá. “Quizá con terapia se vuelva más manejable.”

Yo hago terapia desde 2018, desde antes de saber que tengo características del trastorno borderline. Porque el verbo ser no es el adecuado, Walter. La manera más adecuada de referirse a esto es tener características del trastorno. Porque yo no me reduzco a él.

Solo siete años después de empezar a recibir ayuda profesional, cuando llegué al psiquiatra con una crisis depresiva, pudieron darme mi sentencia.

Y desde entonces son dos terapias a la semana: TCC y TCD. Más la psiquiatría. Más el acompañamiento de otros profesionales. Medicinas. Más el esfuerzo sobrehumano de reflexionar todo el tiempo, de recordar que cada día es una victoria, que no soy mi diagnóstico y que soy mucho más que el bulto de papas en el que me metiste.

Para terminar, das consejos para personas como yo. Hubiese sido mejor tu silencio. O indicar terapias. Indicar tratamientos. No es amable decir que podemos hundirnos junto a nuestros amores porque somos tóxicos.

Alexander Kriss tiene una visión que me parece interesante para ti:

«Há muita verdade, como vimos, na ideia de que diagnóstico e tratamento podem ser usados para marginalizar em vez de integrar e curar».

Existen personas tóxicas, sean borderlines o no. El trastorno te desafía, pero no te define.

Al fin y al cabo, como dijo Kriss:

«Borderline toca-nos a todos. É normal, mas isso não a torna uma identidade».


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