¿Qué hacer con eses pedazos?*
Es imposible medir cómo estoy a partir de mi blog. Ingenuo es quien lo intenta. Para hacerlo habría que cometer un error básico: confundir la voz lírica con la persona que escribe. Separar ambas cosas no es un gesto de frialdad académica, sino de honestidad intelectual. En mi caso, me incomoda —y me empobrece— que se descuartice mi literatura para reducirla a un relato meramente individual, íntimo, casi confesional, como si escribir fuera una forma primitiva de desahogo y no un trabajo consciente con el lenguaje.
¿Acaso no estoy atravesada por la música que escucho?
¿Por los libros que leo, por las imágenes que consumo, por las conversaciones que me forman?
¿Acaso soy una tabula rasa, desprovista de historia, de referencias, de tradición?
Toda escritura es, inevitablemente, un tejido de influencias. Negarlo es sostener una idea romántica y empobrecida del autor, como si la emoción surgiera pura, sin mediaciones, sin cultura, sin memoria. Cuando se afirma que lo que escribo es únicamente “personal”, se borra deliberadamente el diálogo que mi texto establece con otros textos, con otras voces, con una experiencia colectiva del dolor, de la pérdida, del deseo de permanecer.
Más grave aún es cuando se sugiere que mis emociones son artificiales. Esa acusación no solo es falsa: es violenta. Porque implica que el sufrimiento necesita presentarse crudo, desordenado, casi obsceno, para ser legítimo. Como si la elaboración fuera sinónimo de mentira. Como si la forma cancelara la verdad.
Mi escritura —incluso cuando es autobiográfica— no es una exposición, sino una blindagem emocional. Escribir no es abrir la herida, sino rodearla. Buscarle contorno. Ponerle palabras - al dolor - para que no me devore. En ese sentido, la autobiografía no funciona como confesión, sino como estrategia: una forma de narrar la depresión sin quedar atrapada en ella.
La depresión no se escribe desde el grito, sino desde la arquitectura. Desde la selección, el ritmo, la distancia justa. El texto se convierte entonces en un espacio de control cuando todo lo demás se desordena. Para hacer que el dolor sea habitable.
Por eso, reducir el blog que hago a “pedazos personales” es no comprender su gesto más profundo. No escribo para decir yo, sino para que ese yo no me aplaste. La literatura, en mi caso, no es un espejo, sino un escudo. Y también un puente: porque lo que parece íntimo, en realidad, busca tocar algo que no es solo mío.
* BONNETT, Piedad. Qué hacer con estos pedazos. Barcelona: Alfaguara, 2021.
Comentários
Postar um comentário