Aunque te duela

 —  Mereces la verdad: ahora no te amo — me dijo, y yo inmediatamente llamé al psiquiatra.

Tenía que subirme la medicina.

Fue como sentir un disparo de un vigilante estresado por ganar apenas un sueldo mínimo y algunas propinas.
Yo necesitaba que una persona cualquiera me gritara: “Calmáte, por favor”.

Mientras conducía hacia su casa, la casita morada, desesperada, lancé el carro a la cuneta. Se me rompió el rin.
Me bajé. Paré. Me lancé a la carretera.
Que cualquier camión se estrellara contra ese cuerpo tan vacío y me sacara de esa vida.

Faltaban 1.7 km para llegar a su casa. Corrí hacia allá mirando mi Apple Watch, que seguía insistiendo en preguntarme si yo estaba haciendo una caminata al aire libre.
Fueron cuarenta minutos de desespero, hasta que avisté su casa a lo lejos, al final de la calle.

“Voy a llamarlo”, pensé.

Llegué a la puerta, miré y lo vi en la ventana. Él ya había decidido esconder de sí mismo la obviedad de tener ganas de estar conmigo.
Mis manos temblaban y yo estaba sucia de la cabeza a los pies.

Di tres pasos atrás, lancé mi reloj a lo lejos y escuché el sonido de mi celular.
Era el psiquiatra.

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