B de Brasil

            Hacía unos días que Teresinha había recibido el alta, con un poco de ingenio, logró salir del manicomio. El médico que, sutilmente, la coqueteaba —o al menos eso pensaba ella— le había recetado un viaje. Que fuera a un lugar cálido, a tomar sol, quizá le faltaba vitamina D. Teresinha tuvo pocos días para organizar su viaje y decidió algo familiar, aunque novedoso. Brasil: un país conocido, pero en una región desconocida, donde por fin podría volver a hablar su idioma. Para no olvidar su juventud, optó por un plan guerrero, o mejor dicho, casi aventurero: viajar por el Amazonas.

Llegar fue fácil. Salió de la triste ciudad de Bogotá, que tanto la fastidiaba, y llegó a Leticia, una capital que más parece un pueblo, aunque su cercanía con Brasil la hace más tolerable. Junto a Leticia está Tabatinga, la ciudad donde comienza Brasil: tan lejos de todos y de todo que muchos brasileños ni siquiera saben de su existencia. Un lugar remoto, donde solo hay dos marcas de guaraná y es casi imposible encontrar carne de ganado. Tabatinga es el Brasil con s, que sobrevive gracias a los empleos militares y al poco turismo generado por los colombianos que van allí con la ilusión de pisar Brasil.

Tabatinga es Brasil del mismo modo en que la Guayana es francesa. No se parecen en nada, no se encuentran: se separan. Excepto por el hecho de hablar portugués, casi nada la identifica como territorio de la república bananera.

Teresinha decidió caminar hasta el puerto para buscar su billete hacia Manaos, y sus ojos se encontraron con una ciudad desordenada, caótica y llena de borrachos. Era su segunda vez allí, y en ambas ocasiones se sintió más brasileña que los demás. El puerto, sin nada que lo identificara realmente como tal, ofrecía una vista mediocre del río Amazonas. Era un espacio caluroso, con gente poco agraciada y muchas filas.

Para los barcos había dos opciones: la lancha, un transporte rápido y poco confortable —catorce horas sentados hasta Manaos—, y la otra alternativa, que muchos insisten en llamar crucero. Grandes barcos, mejor equipados, y como todo en Tabatinga, solo ofrecían dos posibilidades: hamaca o camarote. O se dormía en hamacas, o se pagaba una fortuna por una habitación. Teresinha eligió la segunda opción: le costaba compartir con el pueblo. Compró su pasaje y se sintió mejor. La única vitamina que le faltaba era la B: la b de Brasil, la misma b con la que ella escribía burguesía.

Cuando regresó a su hotel, pasó toda la tarde en la piscina y comió un ceviche tan picante que temió que fuera de camarones en mal estado. No se puede confiar en restaurantes sin estrella Michelin. Subió a su habitación, la 203, y organizó sus pertenencias. Llevaba apenas una mochila. Lo único que necesitaba para volver a vivir: tres pantalonetas y cuatro blusas que usaba sin brasier, una pijama sencilla y muy cómoda. Lo demás no importaba: ni maquillaje, ni perfumes, ni cremas. Lo único que no había dejado atrás era el pasaporte, el dinero y el celular. También llevaba unos binoculares de última generación para observar, a la distancia, la floresta amazónica.

El viaje comenzó al día siguiente, en el mismo puerto donde había comprado el pasaje. El barco se llamaba Zafiro y, visto desde lejos, parecía bastante aceptable. Caminó hacia él despacio, dejando que la llovizna cayera sobre su piel, ya un poco más morena. Al fin y al cabo, ya estaba su territorio, y su cuerpo se lo agradecía.

Zafiro no era un barco, como había imaginado, sino un verdadero navío. Bastante limpio, lo que la impresionó. Tenía cuatro pisos: el inferior, dedicado a la carga de mercancías y a la balsa para carros; el primer piso, destinado a las hamacas y al restaurante, modesto pero bien organizado; el segundo piso, también para hamacas, albergaba los baños: cinco para hombres y cinco para mujeres, donde se aseaban quienes viajaban en hamaca.

El tercer piso sería su hogar durante cinco días. Había apenas seis camarotes y, al otro lado, una pequeña tienda. Apenas terminó de subir las escaleras, la esperaban en una recepción discreta. Su cabina se llamaba Solimões. Al abrir la puerta encontró una cama matrimonial, una cama sencilla, una hamaca azul y un televisor. La habitación estaba ordenada, limpia y bien decorada; por suerte, contaba con aire acondicionado. Más adentro, un pequeño pasillo con clóset y una neverita. Un lavamanos con jabón y artículos de aseo dispuestos en una canasta bonita, roja, con su nombre bordado.

Pasó suavemente los dedos delineando las letras blancas: Teresa.

El baño era mucho más amplio que los de los pisos inferiores, simple pero ordenado. La cabina también contaba con un balcón y vidrios oscuros que ayudaban a mantenerla fresca incluso cuando el sol irradiaba con fuerza. Recibió todas las indicaciones, incluso, por viajar en camarote, podía entrar al restaurante treinta minutos antes que los demás. Entonces descubrió que, incluso en el hambre, la clase social sigue definiendo las orillas.


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