Yolanda
La escena no era tan común: hacía sol, un sol cálido, con una luz medio anaranjada. Yolanda se sentó en uno de los sofás. Era un restaurante grande, en realidad, varios restaurantes que conformaban una plazoleta de comida. Allí había sido su primer encuentro con el joven caribonito. En su momento, Yolanda llevó a una amiga para no demostrar tanto que él le interesaba. Ese día se iban a encontrar. Yolanda llevaba un pantalón jeans de bota ancha, una blusa verde y un kimono con muchos colores. Eligió la misma mesa que antes, con la diferencia de que quiso sentarse en el lugar donde había más espacio, para que él se sentara a su lado. El caribonito, además de lindo, era impuntual. Así que llegó quince minutos tarde. Yolanda no dijo nada, pero cuando lo vio, dijo discretamente que ya había hecho su pedido porque tenía hambre. El caballero se sentó a su lado. Tenía un pantalón negro, una chaqueta negra del mismo color de su pelo. Una coincidencia que hizo a Yolanda sonreír como una boba.
—Vine en moto —dijo.Yolanda nunca lo había visto en moto, no sabía qué color tenía o si era grande o chiquita, pero se imaginó algún día abrazada a él yendo a tierra caliente. La conversación siempre sonaba algo tranquila, en general parecía que ya se conocían hacía años, pero en realidad se conocían hacía poquitos meses y llevaban apenas un mes saliendo.
Yolanda sentía un poco de miedo. No era nuevo para ella salir con alguien, aunque era la primera vez que salía con alguien casado. Aunque un término por responsabilidad de su relación podría ser esperado, era mejor disfrutar mientras se podía.
—Mira, yo ya estuve aquí una vez, hace más de un año. Empecé a salir con un compañero de trabajo, era muy chévere, pero éramos amigos, y cuando todo se terminó dejamos de ser amigos y nuestro grupo se deshizo. Ya no me invitaban, ya no salían conmigo, y me sentí tan sola. Yo valoro más una amistad que un romance. No quiero que dejemos de ser amigos, ese es mi miedo —Yolanda confesó mirándolo a los ojos.
—No dejaremos de ser amigos, te lo juro, y si lo hacemos, salgo yo del grupo, no tú.
Pues no era eso exactamente lo que quería Yolanda. Nadie tenía que salir del grupo, nadie tenía que dejar de disfrutar la compañía de quienes amaban. Era terminar y ser amigos. Aunque no lo dijo, se sintió abrumada. Quería decirle, pero los besos borraron el ímpetu de hacerlo.
Todo había sido bonito, nada había salido como planeado. Ahora Yolanda, sentada en su tocador, se miraba al espejo recordando cada momento juntos, cada abrazo, mirada y palabra.
Las escenas de celos habían sido dos.
La primera, en su cumpleaños, cuando se sentó cerca a un compañero de trabajo que le coqueteaba. A ella no le interesaba el enano y miraba en todo momento al caribonito. Apenas pudo, se sentó a su lado y recibió su silencio. Ese día Yolanda tuvo dos peleas: una porque su marido tuvo celos del caribonito, y la otra porque el caribonito tuvo celos del enano. La primera pelea no era injusta; se había dado por bailar un vallenato pegadita al muchacho de pelo negro. Era verdad: había demostrado a todos que lo amaba y que estaba feliz de tenerlo, incluso cuando se sentó a su lado y no del lado del esposo. La segunda pelea había sido injusta. Había sido tan solamente por celos, y aunque fuera así, se sintió culpable.
—Tú me peleas, mi esposo también —le había dicho en un arrebato de furia, y se metió en su habitación a puerta cerrada.
La otra escena de celos no fue tan diferente de la primera. Yolanda había viajado con su esposo y se habían peleado. Una pelea donde los gritos fueron escuchados por mucha gente, donde se había parado el carro cuatro veces para que la discusión no terminará en un accidente. Yolanda se puso a llorar, era lo único que sabía hacer, ser una víctima de su destino. Llegó a su casa y, aunque le temblaban las piernas, se bañó y salió a encontrar al pelinegro. Se tardó cinco minutos en llegar al café, el mismo café donde lo había conocido y donde lo había amado en secreto. Sintió rabia cuando notó que no podía sentarse a su lado. A su alrededor todos los rostros eran conocidos; ella misma había invitado a cada uno de los presentes. Se sintió orgullosa del mes de trabajo que había tenido, incluso por haber vendido tantos libros, por primera vez, en el club de lectura.
Eso era importante. El club de lectura era para Yolanda su segunda casa; incluso, muchas veces se sentía más cómoda ahí que en su propia casa. Había un rostro que conocía mejor que los otros: un músico, que también conoció en el café, que también le había invitado a una cena que ella rehusó, que le invitó a una entrevista en una radio y ella también rehusó. Por fin, aceptó apenas una invitación a un café. Llevó a su vecina, dejando claro que no estaba para coqueteos. Pero, al parecer, el difícil huele más rico. El músico se fue al café diciendo que había sido invitado por Yolanda —lo que era media verdad—, ya que, en realidad, lo había invitado, pero no de la manera que él había sugerido.
El músico, que tenía el pelo claro, casi mono, no le llamaba la atención. No porque fuera feo o aburrido, no le llamaba la atención porque en su corazón ya había alguien ocupando el espacio. Aunque enfadada, se sentó cerca de una amiga. Qué aburrido era tenerlo lejos, principalmente ahora que él le había terminado, principalmente ahora que quería sentir su olor.
—Cuando uno ama no importa cuánto tiempo pase, si está lejos o cerca —dijo en medio del debate y miró al caribonito, que tenía la mirada hacia el otro lado.
—El amor sin contacto físico no existe —escuchó una voz por el otro lado.
Yolanda casi le pega la lengua suelto. ¿Cómo que no existe? Si ella, aunque ya había pasado meses sin ver al pelinegro, seguía amándolo.
—Gracias por el libro. Es muy raro conseguirlo —le dijo un amigo, cortándole las ganas de seguir el debate sobre el amor.
—Mira, Capi, cuando uno ama consigue lo que sea —dijo al viejo de setenta años.
Lo dijo para que la escucharan, lo dijo para que el caribonito supiera que haberle regalado dos libros de Teresa era un acto de amor. El caribonito tampoco la miró.
Pues si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma.
Apenas pudo, se cambió de puesto para sentarse más cerca, para que el cupido hiciera su trabajo, para rogar una mirada. Resulta que, por azar, el puesto era al lado del músico.
—¿Quieres un libro? Te voy a regalar un libro —el músico cogió la mano de Yolanda.
—Mira, todos los libros que ves ya son míos —Yolanda le contestó con algo de burla.
Delante suyo estaba el caribonito; tenía un libro en la mano. Le daba igual cuál era el libro, lo agarró mirándolo y diciendo:
—Uy, me encanta. ¿Te parece si cambiamos el libro?
Era la única manera de llamarle la atención. El tipo se levantó y salió. Yolanda, que cargaba con la culpa, pensó que había sido imprudente, que había pasado la raya, que el término era definitivo, y se puso triste.
—Yolanda, hay que pagar la cuenta y faltan 300 pesitos —escuchó la voz de su amiga.
Apenas lo escuchó, miró la chaqueta del caribonito y la tomó en sus manos. Era como cuando un niño come su primer dulce. Tenía su olor y, por suerte, muchas monedas. Sacó de ahí los pesitos que faltaban, sacó 100 más, una moneda chiquita que guardó por creer que era una manera de seguir sintiendo su olor.
Bajó las escaleras y lo vio de pie. Su cuerpo, su piel blanca y principalmente su cola. Volvió a subir. Quizás, un poco desesperada porque el final se acercaba, propuso a los últimos debatientes que siguieran la conversación comiendo en otro sitio. Todos aceptaron, incluyendo al músico.
Volvió a bajar con afán. Vio al caribonito siendo abrazado por sus amigos, se acercó.
—¿Qué está pasando, por qué tantos abrazos? —sonrió. También quisiera abrazarlo, pensó.
Se acercó a él, sintiendo su olor, sintiendo el calor de su cuerpo.
—¿Y si vamos a comer nachos? —le preguntó.
Vio algo de duda en sus ojos.
—Iremos a un lugar vegano, donde quieras —una vez más le rogaba.
—Creo que voy a la casa —Yolanda se angustió.
—Vamos a Moramora, ¿sabes dónde es, cierto? Fuimos una vez.
Era verdad, habían ido una vez. De pronto, poniéndolo sobre la mesa, se decidiría a ir, al menos por cinco minutos.
El caribonito hizo que no, moviendo la cabeza de un lado a otro.
Mierda, ahora tendré que ir. ¿Por qué me comprometí? Ojalá sea rápido.
Y así fue. Apenas llegó la comida, comió rápido y encontró una excusa para irse.
Allí, sentada en el tocador, Yolanda recordó los pasos hacia su casa. Cada minuto le apretaba el corazón. Habría sido bonito caminar de manos dadas, darle un beso en la mejilla, ilusionarse con su voz y, de pronto, entregarle la carta que le había escrito.
Al otro día, se vino una pelea, no una sino tres. Pero la única que le hizo llorar fue la que tuvo con el caribonito: había tenido celos del músico. Sintió rabia.
Yolanda sentía frustración mientras se miraba al espejo peinándose el cabello. El caribonito ya no le hablaba.
Merezco su silencio, no merezco que me ame, merezco que me odie —carcomida por sus pensamientos, Yolanda empezó a llorar.
Comentários
Postar um comentário