Alevosía

Tres años fue lo que esperó por aquella noche, durante todo ese tiempo le había atormentado con promesas incumplidas y citas que nunca se concretaban. Así fue que lo sorprendí al escribirle: “¿y si nos vemos a las 10?”. No puedo imaginar cómo esas palabras retumbaron dentro de su pecho ingenuo y expectante.


No había nada más efectivo que un despecho para salir  con un chico que lleva años pidiendo una cita, rogando una migajita de mi atención. Los mensajes que siempre me inflaban el ego y la sensación de ser inalcanzable me serviría para hacer de él un objeto de tortura.

Yo decidí encontrarlo en una parte de la ciudad que él no conocía, pero que me resultaba cómoda. Era lo único que quería: comodidad, facilidad y control. Esa noche necesitaba consumar un pequeño asesinato. Hasta entonces nunca había sido una mujer vengativa; pero la sequedad que me habitaba era tan asombrosa que necesitaba herir a alguien más. Esa noche construía, con cada gesto, una diminuta insurrección íntima. Un lugar donde yo pudiera, por fin, soltar el dolor de una pérdida que me desgarraba.

Llegamos al restaurante. Mi acompañante me tomaba alegremente la mano, y yo, en silencio, pensaba en lo que había perdido, en el corazón partido que ahora buscaba justicia a través de otro cuerpo. El local, con luz tenue y canciones de Julieta Venegas, me trajo diversos recuerdos: al que ya no tengo: mi camarada, mi amante, mi compañero de utopías.

—¿Hay algo vegano? —pregunté a la mesera.
—No, solo vegetariano —respondió al instante.
—¿Eres vegana? —preguntó mi acompañante, con inocencia.
—No, solo quería saberlo.

Hacía siete meses que para mí era imprescindible que los restaurantes fueran veganos. No era una bandera propia, mi corazón había adoptado su patria - aunque él no creyera en ella-  y también sus contradicciones.

—¿Qué te parece una entrada? —me sorprendió con la pregunta.
—Tengo mucha hambre, pediré varias entradas —respondí con severa apatía.

Vi su mirada servicial cuando tomó mis manos entre las suyas y susurró:
—Pide, hermosa, pide lo que quieras. Mereces lo mejor.

Ordené los platos más picantes del menú. Sabía que mi acompañante detestaba la comida mexicana por lo picante. Cuando llegó el banquete ardiente. Vi cómo las lágrimas asomaban en su rostro enrojecido mientras comía. Sentí alivio: esa noche lo único que quería era torturar a alguien.

Alguien con el mismo nombre y nacionalidad me había dejado. Por eso mis palabras salían amargas, envenenadas, dirigidas a un inocente que cargaba con culpas ajenas. Recordé la canción de Calle 13: “hoy te voy a bajar tres clases sociales”. En nuestro caso, yo le subí tres estratos. Él nunca había entrado en un lugar así, y yo, habituada a restaurantes de estrato mil, lo guié pacientemente, sin burlarme de su ignorancia. Quizás no lo hice porque en realidad no le prestaba atención: me aburría oyendo una y otra vez lo linda que yo estaba.

Llevaba un vestido verde olivo, transparente hasta la cintura, color que me recordaba a Cuba. Mis aretes de muchos colores se deslizaban por mi cuello; me sentía preciosa. Lo único que desentonaba eran las medias: amarillas con círculos negros, regalo de alguien que amé. Me las regaló una tarde de lluvia, en cambio de las que traía mojadas. 

—¿Estás ahí? —dijo mi acompañante.
Lo miré con una sonrisa falsa. Mordí medio bocado de la tartaleta y declaré estar satisfecha. Yo pedí cuatro entradas para que él, servil, las pagará y las devorara todas. Eran demasiado caras para dejarlas intactas.

Mientras él coqueteaba, viviendo un sueño, yo pensaba que mujeres como yo no deben estar con hombres como él. Guapo, sí, pero incompleto. Le faltaban los ojos negros, la poesía, la música y el olor, el vocabulario que se extiende desde lo sofisticado hasta lo más callejero de Soacha. Yo había tenido todo eso, conformando un peso y una ligereza que sólo podía encontrar en Kundera. Y ahora él se había ido, dejándome como quien abandona un trébol de cuatro hojas por no saber cómo lanzarse a la felicidad.

Cuando sentía que mi acompañante podía escaparse del juego tortuoso que yo le imponía, volvía a la mirada que utilizo cuando quiero ser deseada. Entrecerraba los ojos, movía el cabello lentamente, lo enredaba en mis dedos. Lo seduje siendo la más tierna, la más espectacular que jamás había tenido delante. Aunque conscientemente no respondía sus preguntas. Mis silencios lo reducían; veía en su rostro que se sentía un estúpido diminuto, alguien que yo podía aplastar con la palma de la mano. Cuanto más me alejaba y lo hería con sonrisas sarcásticas, más se enamoraba. Más expectante lo encontraba.

Yo lo quería torturar. Yo nunca quise nada más. Solo quería vengarme. 

Por un instante me sensibilicé, y hasta sentí lástima de destrozarlo. Pero no: esa noche mi duelo era más importante. Como una justiciera, convertí mi despecho en acto de justicia. Dolería en él como dolía en mí, porque el dolor, también debe ser un arma.

—Estoy feliz de verte, hacía mucho que no sentía tanta alegría —me dijo sonriendo.
—Me alegra —respondí con una mirada distante.
—¿En qué piensas?

Esa pregunta tan sencilla me invadió de rabia. Mis pensamientos eran míos, sagrados, y no iba a vulgarizarlos compartiendolos con ese siervo casi arrodillado delante mío. No quería hablar tenía la cabeza ocupada. Pensaba en un fantasma que vive cerca a la cementera… “um fantasma ronda a Europa, o fantasma do comunismo”, que frase tan célebre pero la transformé “um fantasma ronda meu coração, o fantasma do anarquismo”, me reí tímidamente por mi paradoja. 

—Te tengo una sorpresa. - su voz sonaba tierna
—Sí, ¿qué es? - dije molesta
—¿Estás curiosa?
—Me es indiferente, en realidad.

Al pronunciar esas palabras me arrepentí. Incluso la crueldad tiene límites. Con un leve movimiento le toqué la mano: fue suficiente para arrancarle una sonrisa radiante. Mi acompañante me miró a los ojos detenidamente mientras en el restaurante sonaba “yo romperé tus fotos, yo quemaré tus cartas para no verte más”, mis ojos se pusieron grises como si una nube me rondará la cabeza.

—¿Ya leíste a Teresa Dovalpage? —pregunté, como gesto de redención.
—No, no he leído. Mi último libro fue hace dos años y ya ni recuerdo el nombre. Casi no disfruto de la lectura, ¿sabes?

Lo miré profundamente y me recosté en la silla, me ganaba el desánimo. Respiré hondo y cerré los ojos. Al menos Dovalpage, la cubana, seguía siendo solo mía, o aún más importante el vínculo secreto de un amor perdido,

—¿Pido la cuenta?
—Por supuesto, pídela mientras voy al baño.
—Yo te invito —me dijo, aferrándose a mi mano como si en ello le fuera la vida.
—Por supuesto que sí —respondí con un sarcasmo cortante.

Pocas veces invité una cena a un chico. Siempre pagué la mitad, como buena feminista; y las raras veces que pagué todo fue como acto de amor.
Cuando regresé, ya había pagado. Su sonrisa iluminaba su cara. Pero sus ojos no eran negros, eran cafés, y en ese detalle se me revolvió el estómago.

Otra vez me agarró la mano y yo me moví de manera incómoda. Mi acompañante, gentil, se levantó despacio; noté que había puesto su mejor pinta y se acercó casi en reverencia.
Se sentó a mi lado y yo lo miré estupefacta. Hacía quince días que alguien a quien amé se había sentado a mi lado y me sentí en el paraíso; sin embargo, verlo a mi lado me hizo sentir ultrajada. Se inclinó hacia mi oído y pronunció palabras bonitas que no escuché.

—¿Crees en el poliamor? —le pregunté.
—Soy más conversador. Jamás podría vivir con la idea de que amas a otro.
—Claro.

Lo cierto era que yo amaba a otro. Pensé en decirlo. Cerré los labios.
Sí, yo amaba a otro, un amor imposible. Idílico, lo había descrito el anarquista de ojos negros.

Respiré un momento y quise destruir todo a mi alrededor. Ojalá pudiera estallar una bomba. En ese estado de introspección, mientras mi acompañante seguía hablándome cosas que no escuchaba, recordé otra vez a Karl Marx y su célebre cita: “el motor de la historia es la lucha de clases”. Se había equivocado el viejo barbudo; el motor de la historia era el dolor.

El dolor de la subordinación, que más allá de la lucha de clases se incorpora a la disputa del poder. En respuesta al poder, en la década de 1960 feministas estadounidenses propusieron la revolución sexual como confrontación al poder.

—¿Vamos al hotel? —la pregunta interrumpió mis pensamientos.

Pensé en decirle que no. Medité y, en tono de mofa, dije: “Carajos, ahí está la revolución sexual tocando mi puerta”.
—Vamos —le miré, entre el cabello que en ese momento él tenía entre sus dedos. Bruscamente le quité la mano a mi cabello, ese singelo acompañante no debería tocarme los rulitos. Me miró con espanto y sonrío como si fuera lindo mi acto de rebeldía. Me tomó la mano, me puso su bufanda alrededor de mi cuello. 

  • Gracias, tengo mucho calor. - dije sacando la bufanda gris que no me dejaba respirar, empecé a salir del restaurante a pasos rápidos, mi acompañante me agarró por la cintura como si estuviera a tu lado un lingote de oro. 

Fuimos al hotel caminando, apenas unos doscientos pasos desde el restaurante; para mí parecieron kilómetros. Mi acompañante andaba a mi lado mirándome como si yo fuera una musa, una princesa que había encontrado y a quien decidiría pasar el resto de sus días aferrado.

Llegamos al hotel que él había reservado: un hall blanco y elegante. Four seasons, como le gustaba a Mister Big. Él sostenía mi mano con orgullo. Trajeron champán, que desprecié con un gesto altanero. Con voz servicial, de quien siempre estará subordinado a mí, me ofreció un vaso de agua.
—Mi novia no toma alcohol —dijo.

Quise reírme: tres años esperando para salir conmigo y en la primera noche ya me llamaba novia.
—O es muy ingenuo o muy estúpido —pensé con una maldad que se escurrió de mi boca.

—Señorita, esto es de parte del señor Lopéz.

Me entregaron un ramo de noventa y nueve rosas rojas. Mi acompañante sonreía, con las mejillas coloradas, vanidoso de haberme sorprendido.
Claro que me había sorprendido, pero no como él creía. Las rosas me recordaron a otras que había recibido —no rojas, sino naranjas, símbolo de amistad—, una frase que me había dolido hasta el alma.

—Gracias —dije a mi acompañante.

Con gesto tranquilo las dejé sobre el mueble aparador del hotel, como si dejara el vaso de agua que aún sostenía. Al ver todo lo que había preparado, por un momento pensé en decir que todo eso yo no lo merecía. Luego, ese pensamiento desapareció, “dejale que sufra.”

Él tenía la ilusión de una noche conmigo. Me dio pesar saber que había reservado la suite presidencial y que la había pagado en dos cuotas. Deseé que otro estuviera allí: aquel chico que había me presentado a Luis Eduardo Aute.

—¿Vamos a la habitación? —me agarró la mano con cariño, mientras sostenía las rosas que yo había dejado tiradas.
—Noventa y nueve rosas son más románticas que cien —respondí. No era un pensamiento mío; lo tomé de Sándor Márai.
—Tienes toda la razón. Nunca lo había pensado. ¿Sabes? Es que a usted la quiero para toda mi vida, a usted la quiero presentar a mi familia y jamás dejar de amarle.

Esas palabras me llenaron el pecho. Solo una persona tenía derecho a decirme cosas en ese tono sensiblero usando el usted. Miré mareada a mi acompañante; mis ojos se volvieron lentamente hacia las rosas rojas, que yo deseaba que fuesen naranjas.

Miré hacía el piso, recordando porque aun me ponía esas medias. 

—Lo siento —fue lo único que alcancé a decir antes de salir disparada hacia la calle.

Caía una llovizna que me humedeció el vestido en pocos segundos. Crucé corriendo la calle como si huyera de un fantasma y subí al primer taxi que vi.
—¿Para dónde quiere ir, señorita? —me preguntó amablemente el conductor.
—Para el infierno —le respondí.

Parados en el semáforo, en medio del trancón tan cotidiano de Bogotá, sentí el leve crujido de la puerta al abrirse despacio. Me asusté. Era él. Mi acompañante, empapado por la lluvia que ya sonaba como tormenta, me tomó la mano con un gesto de que lo acompañará. Sus manos estaban pálidas y heladas, subí despacio la mirada hasta encontrar una sonrisa tímida y casi perversa de donde escurría una gota de sangre roja. Me saqué el cinturón y regresé al hotel.


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