Escape
Faltaban 5 días para Navidad. Llegué de mi trabajo, puse la mochila en el piso y me lancé al sofá. Siempre he tenido el hábito de prender la tele para no sentirme muy sola. Así fue: prendo la tele y empiezo a chismosear en el teléfono.
Veo que muchas de mis amigas ya están de vacaciones y yo aún tengo que esperar para viajar.
Empiezo a pensar en todo lo que he vivido en estos dos últimos años en Argentina. Cuando llegué a Buenos Aires, con apenas una maleta y algo de ropa, yo era una niña. Hoy soy una mujer. Salí de casa temprano para realizar un sueño.
Desde entonces, nunca más regresé a casa. Nunca más visité a mi familia. Los pocos días de descanso que tuve los utilicé para un trabajo freelance que encontré en internet. Todo el dinero ahorrado lo llevaré a mi mamá. Será una compensación por el dolor que pasa ella al tenerme tan lejos.
Algo pasa y miro al televisor: la periodista parece preocupada; sin embargo, intenta tranquilizar a todos. Hay un nuevo virus, pero no han logrado aislar las ciudades.
Veo esas imágenes de ciudades vacías con cierto temor. ¿Al menos está lejos, no?
La noticia sigue y veo que personas han muerto por ese virus. No pienso en ello. Ya tengo mis problemas, y los chinos esos… que controlen lo que han empezado.
Sigo en el teléfono y me llega un mensaje de mi jefa. Mañana me toca doble turno. Me voy a dormir.
Los días pasan igual. La periodista está cada vez más preocupada y yo me pregunto por qué carajos preocuparse por el otro lado del mundo. ¿Acaso nosotros no tenemos nuestros problemas?
Estoy saliendo con un chico de Mendoza. Él me hace reír y me enseña muy bien su idioma. Me parece agradable compartir nuestras existencias. Él me invita a estar con él en la Nochebuena. Lo acepto.
Conociendo su ciudad, descubro una Argentina diferente a la de Buenos Aires. Me encanta todo lo que veo, especialmente su abuelita: una señora de 94 años que es extremadamente amable.
Regreso a Buenos Aires y todos los días de trabajo me hacen olvidar ver las noticias. Creo que tengo demasiados problemas para agregar uno más…
Llegamos a febrero y me faltan 15 días de trabajo antes de viajar.
Compro mis tickets, llamo a mi familia y les cuento sobre ese tan esperado viaje.
Ya me falta una semana y ya está lista mi maleta, los regalos y todo lo bueno de Argentina que pueda cargar. Mi mamá tiene que probar la comida, tiene que entender por qué me enamoré de ese país y dejé todo atrás.
Mi teléfono suena. Son las 4 a. m. Contesto dormida. Es mi jefa: no tendré que trabajar al día siguiente, cerraron el país. Mi mundo se deshace; no sé si llorar o gritar. ¿Cómo un virus puede ser el culpable de todo? ¿No estaban cumpliendo todos los protocolos?
En ese momento, lo único que me importa es mi viaje. Aún no sabía todo lo que vendría. Me rehúso a deshacer la maleta; espero que todo vuelva a la normalidad y que yo regrese a los brazos de mi mamá.
Con todo, me toca parar de trabajar. Así se van todos mis ingresos, frutos de mis dos años de trabajo. A cada peso argentino que dejo en el mercado se me salen lágrimas en los ojos. Por supuesto, no es lo único: hay arriendo, la ayuda que envío a mi mamá todos los meses y la escuela de mi hija, que vive en Brasil.
Poco a poco no me queda nada. No hay ayuda para los migrantes, así que me toca hacer apenas una comida al día. Intento llevar todo con buen ánimo; desde mi ventana veo, por primera vez, soledad en Buenos Aires.
Mi chico me llama: su abuela se enfermó; él se fue a Mendoza. Me siento sola. Empiezo a rezar para que todo pase pronto. Miro con pesar mi maleta; creo que ya es hora de deshacerla.
Ahora tengo tiempo para ver tele. La prendo y me desespero. Se me muere la mitad de Brasil y nadie hace nada. Ya no es más culpa de los chinos. Mis gobernantes no han cerrado aeropuertos; la gente en la playa sigue igual.
Recibo con dolor la noticia de que la abuela de mi chico ha muerto el mismo día que mi mamá entra en estado grave al hospital. Luego, mi hija también va al hospital.
Ninguna sobrevive al COVID-19. Yo tampoco. Miro mis tickets, lloro y fumo un cigarrillo. No he podido dar un abrazo a mi mamá ni besar a mi hija. Prendo el televisor y las noticias siguen siendo desesperantes. Cierro los ojos y lo único que veo es fuego. Me levanto, apago la luz. Intento estar en silencio, pero mi barriga me dice que tengo hambre.
Hambre de comida, de vida y de mi familia. No lo soporto. Empiezo a sentir falta de aire; me desmayo.
Mi roomie me lleva al hospital. Estoy positiva para el coronavirus. El virus viene a buscarme. Poco a poco me voy enloqueciendo. Lo siento en mi cuerpo, subiendo por mis venas y tapándome la respiración. No puedo. No puedo dejar que me mate.
Pido que la enfermera me ayude a ir al baño.
Ella me ayuda gentilmente. Hago pis mientras ella está afuera, esperándome con el suero. El baño es simple, sencillo, y me desespero. Las paredes blancas son la mejor opción de casa. No he pagado arriendo y, cuando salga del hospital, me tocará la calle.
Me acuerdo de mi sueño, de aquellas vacaciones tan llenas de vida que yo tendría al lado de mi mamá y de mi hija.
Pido que la enfermera me deje sola en el pasillo. Ella sale a atender a los cientos de otros pacientes.
Veo la calle y los carros que van pasando abajo. Abro despacio una de las ventanas, me subo, pienso en mi familia y salto hacia la calle. No dejo que el coronavirus tome mi vida.
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