Sabré Olvidar
Me había adentrado a la ducha. Puse el agua bien caliente, a punto de casi quemarme. Bañarme se había vuelto una tortura, un exorcismo de todo lo que me dolía; por eso casi ya no lo hacía. Algunos ya me creen loca, y yo de eso tengo certeza. Soy la única responsable de toda la desgracia que me circunda. Dejé que el vaho subiera; a pesar de los grandes ventanales, no podía ver nada. Empecé a dibujar despacio en la baldosa húmeda y caliente, recordando las horas que antecedieron ese momento.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó el psiquiatra.
—Bien —le hice una linda sonrisa.
Ya no existía el bien ni el mal en mi pendeja existencia. Era muy sencillo: había días en que quería morir y otros en que quería desaparecer. Decidí lavarme el pelo; puse agua helada. Quería castigarme por ser estúpida.
—Cuéntame si hay algún aspecto de tu vida que te preocupa.
—En general no, mi problema soy yo. Lo que soy, la mierda que soy. Lo demás es normal.
Lo vi respirar profundamente, buscando las mejores palabras. Pude ver el miedo en sus ojos.
—¿No te parece que eres muy dura contigo? La autocrítica está muy elevada.
—No era autocrítica cuando se dice una verdad. Yo puse cada uno de los ladrillos que ahora veo tumbarse.
Había sido una consulta difícil. Había una resistencia del psiquiatra en aceptar que hay gente que no merece sentirse amada y querida. Hay gente que, cuando se tumba, se queda en la soledad y en medio de muchos silencios.
Mi llanto cesa. Recuerdo que mi mamá también lloraba mucho cuando yo era una niña.
La acompañé al hospital cuando tuvo un aborto. Era chiquita, tenía poco más de seis años. Mi mamá lloraba; creo que no tenía con quién dejarme y le tocó ponerme a esperar afuera del consultorio. Cuando todo terminó, una enfermera salió con una bandeja metálica en la mano. Por la puerta entreabierta vi a mi mamá llorando. Estaba sentada en una camilla azul, y en la sábana había un poco de sangre.
—Ya tienes una hija. Es tu tercer aborto en dos años. ¿No crees que con tu niña ya es suficiente? —la voz de la médica sonaba desesperada.
—No, no es suficiente. Necesito a alguien que me dé alegría —dijo mi mamá.
No recuerdo quién cerró la puerta. Apenas sé que dejé de escuchar todo a mi alrededor y sentí cuando mi mamá agarró mi mano con brusquedad y me llevó a la casa. Algunas lágrimas empiezan a correr por mi cara; no me duele no haber sido suficiente, me duele seguir sin serlo. Mi mamá no tuvo más abortos, apenas dos hijas natimortas.
Mientras me sigo bañando siento una gran soledad que venía brotando desde el vientre hasta el cuello. Me duele la espalda, pongo las dos manos ahí, volteo la cara hacia arriba y dejo que el agua me ahogue.
—Contigo todo es un drama —me dijo mi amiga.
Recordé esa noche en la librería donde fui socia por tres meses, la que ayudé a construir y, con más ahínco —como todo en mi vida— destruí. Allí, mientras hablaba bobadas, escuché a un brasileño decir que somos un pueblo muy dramático. Me salieron palabras maldecidas.
Odio ser lo que soy. Quería apenas no sentir, pero malditamente nací brasileña.
Pongo un poco de shampoo en la mano. Escucho con atención la canción que suena en el parlante y recuerdo cuando tenía dieciséis años, cuando mi papá rompió mis CD porque escuchaba samba y no eran evangélicos. El mismo papá que me mostró un cuchillo cuando tenía dieciocho años y me dijo que me iba a cortar al si hiciera un tatuaje.
—Eres importante, solo que no eres la más importante —me dijo mi exnovio.
Sin imaginar que yo ya me había acostumbrado a no ser prioridad. Él no sabía que tuve una neumonía a los doce años y casi muero porque mis padres no encontraron tiempo de llevarme al hospital. Estuve un mes internada y mi pelo se cayó por los antibióticos.
Recuerdo con ironía que hoy cumpliría diez años de casada con mi primer novio, pero las cosas no funcionaron. Después de traicionarme, en una pelea intentó pegarme. Así descubrí el amor: una fuerza que te obliga a huir.
—Eres muy jodida —me dijo antes de estrellar el carro contra la acera de nuestra casa.
—Yo enloquezco a la gente —le había dicho media hora antes al psiquiatra.
El pobre duró tres minutos en silencio, ignorando que era un hecho.
Busqué el acondicionador con un temblor en las manos. Olía a sandía y yo, a pecado.
Busqué recordar las partes del cerebro, despacito, nombrándolas. Antes de pegar con la cabeza en la pared.
Hace unos días me dijeron que la palabra “limbo” viene de la parte límbica del cerebro. Me sentí inculta al saberlo, ya que para mí “limbo” siempre tuvo una connotación religiosa. Resultó ser falso. La palabra “limbo” tiene diferentes significados, entre ellos el de borde.
A mí me gustaba el borde. Por eso subí al pasamanos del balcón de mi casa en San Francisco. Caminé un pasito tras otro, deseando caer e imaginando mi cuerpo allá abajo, pálido y sin vida.
Desafortunadamente, no caí.
—¿Quieres sopa? —grita mi esposo desde la cocina.
Lo ignoro. Como todo en mi vida, también destruí nuestro matrimonio. Fui lo más perversa que se ha podido imaginar.
“Es que yo soy muy hijueputa”, pensé.
Aunque el agua estuviera fría, sentía algo quemándome, como si el infierno se me acercara. Con una mano me sequé una lágrima.
“Tengo que arreglar la ropa de mañana”, pensé, pero me quedé inmóvil.
—No te hagas daño —me dijo el psiquiatra. Me quedé en silencio.
Quisiera hacerme daño, cortarme y dejar salir una sangre caliente que me saque de esa línea de silencio que he encontrado, que me quite este dolor tan berraco que me causa la soledad.
Me sentía muy sola cuando era chiquita. Durante muchos años soñé con una hermana, porque creía que de pronto sería mejor que ella y que mi mamá podría amarme, aunque yo hubiera destruido su vida.
Resulta que mi hermanita nació coja, y recordé que a mí me gusta lo sucedáneo, lo falso, lo superfluo.
—Eres una estúpida —me dijo mi mamá cuando yo tenía once años y no lavé la loza.
Mi mamá había llegado del trabajo y yo estaba estudiando. Lentamente cogió una olla que estaba en el fregadero, se acercó despacio y con ella golpeó fuerte mi cabeza. Me hizo un chichón y tuve que mentir en el colegio, diciendo que me había caído de las escaleras. Mi casa solo tenía un piso.
—Ojalá me lleve la muerte — Si Silvio quiso morir, imagina yo.
—Nunca fuiste muy inteligente —dijo mi mamá la última vez que fui a Brasil.
Estábamos almorzando cuando empecé a hablar del capital cultural.
—Llevé a mis hijos al Cairo para que entendieran lo asombroso que es una pirámide. La única manera en que se adquiere capital cultural es con la práctica concreta de la existencia.
—Tantas palabras bonitas de alguien que sacó cero en matemáticas cuando tenía doce años —me dijo la que me parió, con una mirada irónica.
—Tienes razón, las matemáticas nunca fueron lo mío —le respondí, riéndome de mi travesura infantil.
—Es que también naciste medio boba. Tenías una mancha oscura en la cabeza y creo que por ahí se te salió un poco el cerebro.
—Mi tutor del doctorado dice que soy muy inteligente.
—¿El comunista? —respondió—. Ese no sabe ni peinarse.
—Pues mejor que tú —le desafié.
Mi papá alcanzó a agarrarla mientras ella intentaba darme una cachetada.
El agua fría empezó a hacerme temblar. Giré el grifo hacia lo más caliente posible, con ganas de que se me quemara la cara.
—Es que usted es muy churra —me había dicho el señor de la tienda.
Ignoraba que, a los dieciséis años, conocí a un hombre que debía tener más de setenta años. En ese momento respetaba a los ancianos y le di permiso para que subiera primero al bus. Desde entonces nos veíamos todos los días. Yo creía que los viejitos tenían mucha sabiduría. Quince días después me invitó a su casa a comer pan de yuca. Y, como siempre, muy imbécil, fui.
El pan estaba delicioso. Mientras lo comía, él dijo que mis labios eran lindos, se acercó y puso la mano por debajo de mi vestido. Me tocó. Yo estuve paralizada de miedo. El viejo, que me decía que yo era tan linda y me preguntaba si aún era virgen, se masturbó mientras sus dedos entraban y salían.
Jamás pude volver a comer pan de yuca. Recordarlo me da náuseas.
Acariciaba mi pelo lentamente, como quien, después de una caricia, quiere arrancarlo.
A los siete años gané un sombrero hermoso: azul clarito, con flores amarillas. Me lo puse y, junto con un pañuelo al cuello, al estilo Indiana Jones, corrí al patio para jugar a la arqueóloga.
—Te ves ridícula, china. Quítate eso. Te crees muy bonita, pero con esa cara de mierda que tienes... quítate eso.
Me lo quité y lo dejé sobre la mesa de la cocina. Cinco minutos después lo encontré tirado en la basura.
Enjabonando mi cuerpo sentí mis senos más pesados, un efecto del antidepresivo.
—¿Te gusta tomarlo? —preguntó el psiquiatra.
—Me da igual, si vivo o si muero.
“Gracias a la vida que me ha dado tanto”, decía Mercedes Sosa en la canción que sonaba en el parlante. La vida me había dado mucho: golpes, palizas y soledad.
—Sí que tienes suerte con ese tipazo que encontraste —dijo mi abuela cuando mi esposo me pidió matrimonio—. Además te va a mantener como una princesa.
—Trabajo doce horas diarias —le dije, con lágrimas en los ojos.
—Pero no te alcanza la plata para enviarme. Mejor, agradece a Dios que un hombre tan guapo te mirara.
—No creo en Dios.
—Dios existe y nos ha castigado con tu existencia —dijo, sirviendo el café.
Mi papá también decía que yo debería agradecer a Dios, porque aunque era muy feliz antes de tenerme, se hizo responsable y se casó con mi mamá.
—Por ti, mi hija. Tu mamá nunca me gustó, pero hice un sacrificio por ti.
Recién descubrí que mi papá tuvo una amante durante cuatro años. Cada vez que llegaba de haberla visto, mi mamá rompía toda la loza de nuestra casa, hasta que solo quedaron platos de plástico. Mi papá siguió saliendo con Dora, aunque mi mamá lloraba y me miraba, amenazando con hacerme daño si él se iba.
“No es posible que después de esa vida haya un infierno”, pensé.
Cerré la ducha. Fue sencillo. Una cuchilla y ya no había pelo. Me rapé. Era mejor así: desnuda, libre, tragando la vida.
—Sí, amor, quiero la sopa —dije caminando hacía la cocina con agua escurriendo por mi espalda.
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