5 de Oct.

Amanecí tranquila, pero hay en mi casa una risa que me molesta.

Un sentimiento de que alguien invade aquello que es mío.

Tengo la casa desordenada.
B1 y B2 corriendo por el pasto y divirtiéndose con el sol.

Esa noche soñé que era invitada a un matrimonio y me iba toda de rojo.
Parecía la decoración que había elegido la novia.

Ayer, Lula perdió contra Bolsonaro.
Me puse triste, me dio rabia, pero luego me tranquilicé.
Quizás sea la medicina.

Ayer fui a la casa de una amiga.

Mi novio me dice que tengo que parar de escribirte para que el tratamiento funcione.
¿Será que es verdad?
¿Debería yo renunciar a esas parcas palabras que nos transferimos el uno al otro?
Si no tú, ¿quién me escucharía?
¿Será que él tiene celos?

Pensaré más sobre eso.
Pero sé que escribirte me ayuda a despejarme.
De alguna manera me acompañas y me calmas en los momentos de crisis.

¿Recuerdas cuando te escribí porque me iba a matar?
Fueron diez minutos y logré salir de la encrucijada en la que me encontraba.
Casi me maté ese día, sola en mi casa.
Me salvaste.

El sol se fue, empezó a hacer algo de frío.

Hoy hice un asado, lavé y doblé ropa.
Ahora tengo que organizar mi biblioteca.
¿La recuerdas?
Tiene juguetes por todos lados.

Tengo que barrer la casa.
Tengo urgencia de la vida cotidiana.
Tengo que pagar la carne que llegó hace poco de la carnicería.

Tengo que vivir, Cheli.
Necesito vivir.

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