2 de Oct.
—Lua, a depressão voltou —la psicóloga me puso la sentencia en la mesa.
Yo lo tenía claro, había vuelto a escribir con rabia.
Hoy apreté el pie en el acelerador.
No pensé, solo apreté.
A veces es como si el mundo estuviera en mute.
Hoy pensé en matarme.
Muchas veces.
La primera fue en la mañana, pegándome la cabeza contra el timón.
Después pensé que debería cruzar la línea amarilla y girar.
No hice nada.
En un acto automático, parqué en mi trabajo.
Tenía la primera clase.
Quería llorar, quería gritar y quería correr.
Calenté agua y la tomé para que me quemara la boca.
La maldita boca siempre habla de más.
—Maldita —me repetí frente al espejo.
¿Sabes que hoy lloré en el baño?
Sí, en el baño del trabajo. Quería golpear las paredes, pero no pude.
Tocó llorar en mute.
A los cinco minutos, tuve que decir que tenía una alergia en el ojo.
Me quise matar en el camino de regreso, cuando boté el carro en la berma.
Solo quería saber si aún sentía.
Hoy hice terapia.
Hoy me dieron mi sentencia.
¿Sabías que ocho de cada doce personas con diagnóstico borderline se suicidan?
—La depresión volvió —me repito mientras entro a la ducha.
Ya lo sabía.
Volví a escuchar a Silvana Estrada.
¿Por qué aún te escribo?
Porque sé que aún me lees.
Y tú sabes que leo tu blog
y que me hice un tatuaje encima de la cicatriz.
—Yo siento que veo el mundo al revés —le digo a psicóloga.
Me dan ganas de arrancarme los piercings en la ducha.
De nada sirvieron, están sanando bien.
La única que no sana soy yo.
Me siento en el piso, dejo que el agua caliente me corra por la espalda.
Pienso que los militares deberían poner una dictadura en Brasil.
Yo me pararía frente a la cárcel y les diría que quería ser torturada.
Choques, muchos choques en la cabeza. Para que me explote.
Tengo ganas de cortarme el cuello, dejar la cabeza colgando de un lado a otro.
No tengo buenos cuchillos —recuerdo.
Vuelvo a la sensación del carro, el acelerador.
—Mamãe, posso ir na casa da Lilin no domingo?
—Pode, filha, pode.
La puerta del baño se cierra.
Todo se vuelve gris.
Silvana canta: “Yo sé que seguro encuentras un beso que te guste más”.
No es por el beso, Silvana, es porque, de todos los dolores que siento en ese momento, ese es el único que puedo soportar.
Lo centralizo.
Es un dolor familiar y ya lo siento como mío.
Ahora, los otros, ¿los otros dolores? Son desconocidos.
No sé de dónde vienen.
Ese dolor es mi dolor seguro.
¿Recuerdas cuando Angie se quiso desnudar y correr hacia el bosque?
—Você tem que criar uma rede de afeto —dijo la psicóloga.
Miro mis cremas en el piso: veganas, dicen todas.
Pongo la espalda contra la baldosa fría y te imagino al otro lado del vidrio.
El vapor hace que todo esté distorsionado.
¿Te enamorarías de mí si yo no fuera borderline?
¿Te habrías enamorado si yo no estuviera loca?
¿Irás a mi velorio?
¿Qué palabras dirías?
Me imagino mi cuerpo ahí, acurrucado en el piso.
Lleno de sangre.
Quiero pegarme la cabeza contra la pared.
Quiero coserme la boca, esa maldita boca
que ni sed siente.
Me da miedo que las palabras se vayan de mi cabeza cuando me levante de la ducha.
—Você precisa se lembrar das coisas boas —me implora la psicóloga.
¿Recuerdas cuando éramos mejores amigos?
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