1º de Oct.

Hoy soñé con un niño.

Tenía la piel cubierta de líneas negras,
como costras de heridas,
como si alguien lo hubiera cortado con un cuchillo
por todo el cuerpo.

Era el niño que yo había abortado.

Tenía ya doce años y se aferraba a mí.
No me soltaba ni un segundo.
Quería abrazarme desesperadamente.
Quería ahogarme en sus brazos.

Y yo, en el afán de liberarme,
lo pellizqué.

Él empezó a llorar.
Y yo lo acogí.
Lo abracé.
Me dio pesar.

Era su cumpleaños.
Todos a mi alrededor comenzaron una coreografía
para celebrarlo.

Yo, desesperada, me fui.

Me fui al comedor de mi trabajo,
donde, a lo lejos, vi a Silvio Rodríguez.

Allí, parado.

No sabía qué decirle.
Solo que él estaba allí
y que yo apenas recordaba una canción suya.

Nada más una.

Quería pedirle una foto,
pero él no me miraba.
Quería hablarle de todo lo que sabía,
pero no me salían las palabras.

Era como si yo estuviera en una bolsa de plástico,
por donde no se sale la voz,
con la que uno se cubre la cabeza para suicidarse.

Desperté y me fui a bañar.

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