Un café me tomo sola
Un café me lo tomo sola —dijo como un golpe cortante—. Una masacre podría haber sido menos sangrienta.
Me miré ahí, temblando, con flores naranjas a mi lado, rosas. Me sentía enfermo, con algo de fiebre, mocos y una debilidad no solo originaria de la gripe, sino de su mirada, esas mil miradas que tenía. Esa mirada que ahora me fusilaba, ya que, al fin y al cabo, allí tenía una guerrillera frustrada frente a mí.
Le había escrito mil cartas, pero solo le entregué dos. Ella no merecía más, era eso.
Se había acabado.
Una vez más fui cobarde. Sabía que ella lloraría, yo no lloré. Era mi forma de dejarle claro que ya no me importaba.
Decidí volver a mi dulce princesa y romper con aquella a quien algunas veces llamé amiga.
Le terminé por mensaje y así ahorré sus suplicas, aunque después deseé verla una vez más para comprobar que su dolor era real.
La invité a un café. Sabía que un café ella lo tomaba sola y por eso no pedí nada. La dejé hacer su pedido en soledad y mezclar sus lágrimas con un cappuccino con leche vegetal.
Sé que ella lo pidió pensando en mí, pensando que la besaría si su bebida fuera vegana.
La invité al café de nuestro primer encuentro. El inicio y el fin. La pobre nunca más volvería a aquel café, así que de una vez decidí su futuro. Como siempre, llegué tarde, me encantaba hacerla esperar y así verla ansiosa con mis palabras.
La encontré sentada, trabajando. Estaba tranquila, no la dejaría así por mucho tiempo. La iba a hacer rogar.
Que escurriera su maquillaje por aquella cara de tonta que tenía.
Ella, que parecía un ángel con alas rotas, me miró y cerró el computador. Me senté a su lado. Había cambiado su perfume. Era insoportablemente dulce, igual a ella. Hasta en pequeñas cosas me hacía enfadar.
Tenía un vestido café de cuadros, obviamente se arregló para mí, para que no le terminara. Su inocencia me afectaba el ego. Era necesario romperle el alma. Ya había tenido todo lo que quería. Me iba. Tan tonta la chica, seguía creyendo que algún día sería su novio.
A mi primera palabra se puso a llorar y yo me alejé. Se veía horrible cómo mendigaba que me quedara, cómo traía a colación nuestros momentos juntos, como si yo estuviera a su nivel. Pues no lo estaba, yo era mucho mejor que ella. Yo no hacía daño a los animales. A mí no me gustaba hacer sufrir a nadie.
La muy pendeja no me aceptaba ninguna excusa. Me tocó decirle la verdad: “eres importante, solo no eres lo más importante”. Casi dejé salir un “para mí”. Que fuera importante para otros estúpidos, a mí no me hacía gracia.
Era indiferente a su naturaleza idiota. Yo era muy parco con mis palabras, su desagradable compañía me hacía sentir miserable.
Después de su inaguantable llanto, le dije que debería irse ya no podía seguir agobiado por sus bobadas.
Ella se levantó con parsimonia. Pagó su café. Yo ni siquiera la invité. Humillada, así quería verla.
Solo sentí paz cuando ella se fue.
Esa sensación duró muy poco. Afuera estaba ella, llorando en su carro.
Tan despreciable era que no pudo irse sin abrazarme. Me daba asco cada vez que me rogaba contenerle su abatimiento.
No quería que mi cuerpo la volviera a tocar. No quería que una vez más mis ojos la miraran.
Quería terminarle y por eso corrí a mi carro. Cerré la puerta y la vi acelerar el carro contra un camión.
Menos mal ella se había ido, ojalá hacía el infierno.Yo ahora podía sentirme aliviado sin su molesta presencia.
Cuánto dolor....más en el qué odia que en quien es odiada.
ResponderExcluirEl fragmento propone una perspectiva sugerente sobre el papel del dolor en la escritura. Lejos de ser únicamente una experiencia negativa, el dolor se configura como una herramienta estética y transformadora, capaz de generar profundidad en la construcción narrativa. Sin embargo, no es el único recurso: la perspectiva resulta igualmente determinante.
ExcluirEl narrador, posiblemente incapaz de elaborar su propio dolor, lo desplaza hacia la figura de la mujer que construye, convirtiéndola en depositaria de un sufrimiento que no le pertenece del todo. Así, más que una representación auténtica del padecimiento, lo que emerge es una proyección: una “torturada” que encarna no solo su propia historia, sino también las limitaciones emocionales del narrador.
De este modo, la obra abre una reflexión sobre la responsabilidad narrativa: no basta con experimentar el dolor para escribirlo, sino que es necesario saber situarlo, comprenderlo y, sobre todo, decidir desde qué perspectiva se le da forma.
Este comentário foi removido pelo autor.
ResponderExcluir