Canción clandestina

Yo sabía que soy una canción clandestina, como dijo Frank Delgado, pero jamás pensé que amarme debería ser acto clandestino. Hasta aquella noche en que fuimos al teatro: yo, de vestido negro con flores rojas; él, como siempre, de negro. Obviamente, no se había esforzado en vestirse para encontrarme; así, yo ya había aceptado mi estatus de segundo lugar en su vida.

Vimos la obra en portugués y sé que él no entendió nada. No sé si eso lo fastidió más a él que a mí.

Terminó la obra y fuimos al Airbnb que él había arrendado: un barrio barato y sin parqueadero.

Después de estar conmigo, se quedó en silencio, mirándome detenidamente. Le pregunté qué pasaba y me respondió que estaba preocupado por el carro en la calle. La respuesta no me convenció y, tras insistir un poco más, salió la verdad:

“Siento que no podré traicionar a mi esposa contigo, no me imagino cómo se sentiría ella. Me iré.”

“¿Y me vas a dejar sola acá?”, pregunté con la voz temblorosa.

“No, tú puedes acompañarme, pero no vale la pena estar aquí contigo mientras ella está sola en casa.”

“¿Solo descubriste que no podría estar conmigo después de comerme o antes?”

“Antes, pero ya lo sabes que mi relación con la dulce princesa es la que perdurará”

Yo ya lo sabía: yo era importante, pero no lo más importante. Y entre tener nuestra primera noche juntos y volver a su casa, a su hogar feliz, con su princesa, yo era descartable y desechable.

Clandestina me sentí, pero peor aún no fui ni siquiera la canción que sonó en sus lábios.


Comentários