Carlitos

 Cuando Carlos llegó al café, yo ya sabía que todo terminaría. A mí me gusta la parte mística de cada conversación, pero, en este caso, no había misticismo: él ya me lo había contado por mensaje. Sus palabras habían sido dulces y razonables. A veces me gusta la verdad; la sinrazón siempre he sido yo.

No era un café cualquiera: era el mismo café de nuestro primer encuentro. Donde todo empezó, también todo terminaría. Pedí un té con leche de almendras. Me rehusé a pedir un café, pues un café yo me lo tomo sola.

Llegué antes y me puse a trabajar, no porque tuviera algo que hacer, sino porque quería mostrarme más ocupada, más resignada a su decisión. Él llegó tarde. Era un hábito suyo: siempre llegaba tarde. Yo me molestaba con su tardanza, pero nunca fui capaz de decirle nada.

Yo sabía que era el fin y, a cada minuto que él se retrasaba, pensaba que podría ser una oportunidad para que cambiara de idea.

    Ese día yo llevaba una jardinera de cuadros con colores entre café y blanco, medias altas y unos botines rosados que él ya conocía. Era algo simple: lo esperaba encontrar y esperaba que recordara que para ese encuentro me había cambiado de perfume.

    Lo vi cuando llegó y miré hacia otro lado. Quise que el tiempo se detuviera. Era lo más cliché de la vida: una comunista enamorada de un chico llamado Carlos Lacerda. Lo vi más guapo que todas las veces, quizá porque sabía que sería nuestra última vez. Él llevaba unos jeans claritos, con un corte vintage que le quedaba tan bien. También llevaba un saco negro, sencillo, pero que armonizaba con su pelo y con las medias, como siempre divertidas. Por más que quisiera, ya no las recuerdo; tal vez porque fueron lo primero que vi de él.

    Hacía varios meses lo había conocido en un café. Lo primero que vi fueron sus medias. Eran aguacaticos verdes que subían por sus piernas. Recordé la primera vez que lo vi desnudo y me pareció hermosísimo. Me hice la sorprendida cuando él se sentó a mi lado.

    Fue la primera vez que no lo saludé con una sonrisa. Ahí estaba yo, con la sensación de que muchas cosas solo llegan a ser primeras veces cuando ya son las últimas. La conversación empezó por lo cotidiano.

    —¿En qué andas?

    —Aquí, súper ocupada. Tengo que entregar algo urgente en mi trabajo —le respondí con una solemnidad casi creíble.

    Me gusta el juego de decir que estoy ocupada cuando, en realidad, no lo estoy. Yo sé que Carlos supo que mentía, porque era capaz de reconocer las diversas miradas que tengo. El lenguaje que usábamos había sido siempre informal, entre coqueto y lengüisuelto, y yo amaba esa cercanía, esa confidencialidad que le daba a nuestra pasión un sentir más largo que el tiempo.

    Recordé los detalles más sencillos de nuestro amor: las enseñanzas musicales, las cartas, el buzo que le había regalado, los libros que él me había encontrado, tan raros y tan llenos de entrega. Me levanté despacio, como si fuera a saludarlo. Me puse de pie. Sus ojos negros encontraron los míos y me fui, dejando atrás todo lo que habíamos vivido y también el hecho que ya no lo amaba más.


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